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Mis manos


LUIS MARTINEZ (*)
Tokyo, 07 mayo del 2008




Me está costando, Señor, asimilar el golpe que ha sido para mí y nuestros compañeros, el ver cómo N.N. perdió esta mañana los dos dedos de su mano izquierda en el accidente de trabajo; como han sido los dedos medios y se ha salvado el pulgar, esperamos que pueda seguir en el trabajo y sobre todo que la empresa le bonifique por los daños del accidente.

¿Inexperiencia en el trabajo recientemente comenzado? ¿Descuido por el trabajo agotador de la jornada? ¿Para qué elucubrar más sobre las causas de lo sucedido? Nuestra amigo ya no será el mismo ni en el trabajo y quizás,- ojalá me equivoque-, hasta se convierta en una persona asocial sin buscar en el futuro nuestra compañía y amistad.

Al acostarnos anoche se me ocurrió el pensamiento de que yo nunca le había agradecido a Dios el que yo tengo mis dos manos sanas, sin rasguño alguno por el trabajo y fuertes todavía como robles. En casa aprendí de mi padre la buena costumbre de acariciar con sus manos las arrugas del rostro de mi “vieja”, el rostro y el cuerpo de mi esposa y también nos hacía cariños en la cara a nosotros sus hijos.

La quinceañera de la casa decía que a ella no le gustaba aquel manoseo, que aquello estaba bien para los pequeños, pero yo me daba cuenta de que al final de mis caricias, ella también se sentía contenta y me lo pagaba con un beso.

Mis manos…¿cuántos millones de acciones no he realizado con ellas? Reconozco que no soy como esos a quienes les llaman “manitas” porque saben hacer de todo, pero tampoco me siento inútil y me las arreglo, más o menos, para reparar cualquier desperfecto de la casa. Sí, Señor: hoy me he dado cuenta por el accidente del amigo de lo agradecido que debo estar por tener aún sanas estas mis manos, sin las que sería un ser incompleto y necesitado de ayuda como le va sucediendo a veces a mi querida viejita. Así que en adelante, te lo prometo, Señor, haré una oración especial de agradecimiento por conservármelas sanas y fuertes.

También tengo sanos mis otros miembros del cuerpo, mis piernas, mi vista, mi audición, el tacto y hasta el buen apetito de siempre. Gracias, Señor, por estos dones que no he sabido apreciar debidamente hasta este día del accidente de mi buen amigo y compañero de trabajo.

UN HIMNO DE ACCION DE GRACIAS AL SEÑOR,
POR TODOS Y CADA UNO DE LOS MIEMBROS
DE MI CUERPO QUE AUN CONSERVO EN BUEN ESTADO..

FIN (JEE)


(*) SOBRE EL AUTOR
PROFILE: (1929-2007) Español, nacido en la ciudad de Burgos. En 1953 llegó al Japón donde se recibió de sacerdote 7 años después. Entre los años 1965 y 2000 se desempeño como vicario de la colectividad peruano japonesa en el país sudamericano. En el 2001 retornó a Japón para brindar atención espiritual a los dekasegi. Desde abril del 2004 ofrece una reflexión humana sobre la vida, los sucesos diarios y los actores que la protagonizamos, a través de esta columna.
Falleció el miércoles 7 de marzo del 2007 a consecuencia de un ataque cardíaco.
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